Ella terminó de comer primero, puesto que yo era
quien más hablaba y, después de recoger su plato, fue hasta mi lugar, me tomó
de la mano y me sacó de la cocina sin importarle que aún no terminara. Me
condujo hasta el fondo del pequeño patio plagado de jaulas con canarios,
subimos la oxidada escalera en forma de caracol y nos introdujimos en el primer
cuarto del corredor de la segunda planta. Ella me dijo que ese era el cuarto de
su tía, una habitación amplía, pintada de azul marino y con una cama matrimonial,
perfectamente tendida, en el centro. La puerta del cuarto se abría hacia
adentro y, al cerrarla, dejaba al descubierto el pequeño closet de madera
detrás de ella. A pesar de que el cuarto estaba bien iluminado por dos ventanas
que daban al corredor, el closet lucía oscuro y no permitía ver nada concreto
en su interior. Entonces ella se metió en él y me llevó consigo; no era un
sitio tan estrecho, de hecho, moviendo un poco las prendas ahí colgadas y
apartando los zapatos del piso, ambos cabíamos cómodamente. Bromeando un poco,
le pregunté si ese era el “cuarto de los besos”; yo podía ver un poco su rostro
y, en particular, el brillo de sus ojos. Ella no me respondió nada y sólo
sonrió un poco, creo que con cierto nerviosismo. Sin pensarlo, casi por
instinto, extendí mi brazo izquierdo fuera del closet, tomé la chapa de la
puerta del cuarto y la comencé a abrir para que tapara la entrada al armario y
la oscuridad reinara. Cuando su rostro desapareció bajo las sombras, la tomé de
las manos, cerré los ojos luego de que ella los cerró, y me aproximé buscando
sus labios. Mi corazón se aceleró, mis manos transpiraron y continué
acercándome, pero algo raro ocurrió: por más que me estiré no llegué a ella.
Entonces abrí los ojos y sólo vi oscuridad, los
cerré y los abrí de nuevo y ante mí apareció mi cuarto. Me encontraba recostado
en mi cama, en posición fetal, con mi rostro extendido hacia enfrente y con mis
labios en forma de “trompita” queriendo besar algo inexistente. La situación se
me hizo de lo más tonta y morí de risa. Soñé con ella, no la besé, pero me
alegró la tarde.
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